Vida y muerte del Enamoramiento
- 4 abr 2016
- 3 Min. de lectura
Cada vez iré sintiendo menos y recordando más.
—Julio Cortázar
Si existiera un cazador con una red que atrape los delirios imposibles, el enamoramiento sabría a bostezo, ya no habría nada porque seguir vivo. La ansiedad desaparecería, ese creer necesitar sería un absurdo en nuestros días, ¿Buscar un supuesto que hace falta?
Todos se esconderían del atrapadelirios y fingirían ser antiamorosos con tal de resguardar esos aleteos de colores en el estómago y ser felices con la angustia que le da sentido a su existencia y siempre exige más.
Helen Fisher alguna vez lo expresó: "El amor romántico es una adicción", lo que genera más vida a ese delirio que se repite como una plana en la libreta de la cabeza y tarda meses o semanas en morir y resucitar.
Esos delirios se vuelven una cárcel de placer y ansia, donde las migas de atención son suficiente para respirar ilusiones, que muchas de las veces se transforman en lecciones indeseadas que asfixian esa quietud de saberle nuestro, cuando en realidad no lo es, porque nadie es propiedad de otro, sino que la libertad se antepone.
Esa obsesión de luciérnagas danzando en la cabeza, terminaría convirtiéndose en granos de arena que se llevaría el arrastre de una emoción que no tiene sentido ni una ruta hacia el futuro, salvo la de triunfar ante el ego al condenarse a una comezón de larga duración con nombre y apellidos.
Su presencia se manifiesta con una irritación que escribe su nombre por todo su cuerpo y recuerda la infinita cadena de correspondencias y desaires, que en el Arte de amar, Fromm deja muy claro: el amor se presenta en dos sentidos: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar.
La vida del enamoramiento es un círculo de injusticia que día a día se expande y ciega a muchos a no querer salir de esa cadena que sólo lleva a la mutilación de la tranquilidad al preguntarse: ¿Por qué no llama y desaparece en mis narices con tan sȯlo deslizar un kleenex y apostarle a incrementar esa ansiedad?
¿Solución? Masturbar la tristeza con música. Repasar los hechos una y otra vez como si el ser amado fuera un objeto de estudio y a capricho cambiar la hipótesis inicial. Escribir, pensar y reescribir.
No, la solución es tallarse los ojos hasta que ardan y llamar al atrapadelirios para que nos devuelva esos gramos de raciocinio y comprender que cuando no hay interés la opción más digna es renunciar, lo que en palabras de Aldous Huxley se resume así: La indiferencia es una forma de pereza y es uno de los síntomas del desamor.

ALICIA GONZÁLEZ es Licenciada en Comunicación por la UABC. En 2010 publicó su primer poemario, Inventario de ilusiones con el sello editorial, Existir. Ha publicado en revistas culturales e independientes como: TijuaNeo, Existir, Acequias, Frontera Esquina y Zarabanda. Asimismo ha compartido su trabajo artístico en antologías poéticas como: Somos poetas ¿¡y que?! De Honda Nomada Ediciones y San Diego PoetryAnnual 2011 y 2012, 123 Por todos mis amigos y Migraciones de Arte Buhonero Ediciones. En 2013 lanzó su segundo libro de poemas, Random, Random Poemas para leerse en desorden con la editorial Cantarsis y fue publicada en la revista Monolito y Tijuana Poética. Ha sido columnista literaria del portal, Sin Embargo, colaboradora del periódico El sol de Tijuana. Actualmente es docente en nivel medio superior y colaboradora de Fin de semana, filial del periódico San Diego Union Tribune, asi como el suplemento cultural Identidad del periódico El mexicano. Su blog: https://lalibretadelataciturnafeliz.wordpress.com







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